Categoría

estrategia

Un mundo global

Estamos ante un mundo cambiante, en el que todo evoluciona a una velocidad vertiginosa.

Las tendencias y las modas influyen de igual manera en personas de diferentes puntos del planeta. Lo que funciona en un país se exporta con rapidez a otros muchos. Se lanzan productos en Japón o en Estados Unidos que ya tienen fecha de lanzamiento inmediata en Europa. La televisión compra los derechos de emisión de programas que han sido un furor en otro continente. Muchos estrenos cinematográficos tienen carácter mundial.

Nunca los habitantes del planeta habíamos sido tan parecidos en gustos y costumbres. Compramos en los mismos establecimientos y las mismas marcas. La geografía comercial de dos grandes urbes es cada día más similar: McDonald’s, Zara, IKEA, Pizza Hut, BP, Deutsche Bank, Disney Store, Carrefour…

Son algunas de las consecuencias del fenómeno de la globalización, que en los últimos años está transformando el panorama empresarial y la fisonomía del comercio en nuestras ciudades.

La última entrega de la saga “Piratas del Caribe, El cofre del hombre muerto”, nos presenta en una escena de la película, a su protagonista, el capitán Jack Sparrow, como un líder temeroso de su destino y victima de una extraña maldición que hace peligrar su futuro terrenal.

Esta situación le lleva a paralizar la búsqueda de nuevos rumbos y aventuras, lo que provoca la inquietud entre su propia tripulación. A pesar de ello, alguno de sus más leales seguidores, comprende que el Capitán Sparrow tendrá sólidos motivos para permanecer en tierra firme.

Ni siquiera su brújula loca que le señala siempre la dirección de sus deseos consigue librarle de la parálisis que le provoca el miedo a enfrentarse a sus propias amenazas.

Un caso de ficción que encontramos a diario en infinidad de empresas en las que sus líderes, gerentes y directivos, e incluso miembros de sus Consejos de Administración, se mantienen en posiciones cómodas que conocen bien, ajenos a los cambios del mercado y a los movimientos de sus competidores.

Son los mismos líderes que no hacen caso a las respectivas brújulas que un día les guiaron hacia sus sueños de emprendedor o de profesional ávido de retos.

Los motivos los encontramos en algunas ocasiones en el acomodamiento que produce repetir metódicamente los movimientos que les han conducido al éxito, a pesar de que las circunstancias exigen nuevos planteamientos y nuevos ritmos de actuación. En otras ocasiones, es la desorientación del líder ante el entorno cambiante la que provoca que no haya ninguna reacción. El ego y la autocomplacencia son también enemigos a batir.

El resultado del inmovilismo del líder es que la empresa navega sin rumbo fijo o a la deriva, en un viaje a ninguna parte en el que la desmotivación y la apatía gobiernan la situación.

Llegados a ese punto, los seguidores del líder, es decir, sus empleados, cansados de esperar y, en ocasiones, en el umbral de la desesperación, comienzan a replantearse su papel en la empresa y cuestionan la capacidad de su líder para llevar la nave a buen puerto. Comienzan las disidencias, la rotación voluntaria de personal y el aburguesamiento dentro de un ambiente que se va deteriorando paulatinamente. Es el principio del fin.

El líder tiene la responsabilidad de aportar visión estratégica a sus seguidores, definir retos que ilusionen, trazar el camino a seguir para alcanzar los objetivos, gestionar los recursos, mantener unido a su equipo, motivarlo y potenciar el desarrollo profesional y humano de todas las personas a su cargo.

Liderar es llevar el barco a buen puerto. Y eso nunca es fácil.